Durante décadas, la criptografía ha vivido en silencio bajo la superficie de la tecnología que utilizamos. Ha asegurado nuestros mensajes, protegido nuestras transacciones y autenticado nuestras cuentas. Ahora está subiendo en la pila. A medida que los sistemas de software impulsados por IA comienzan a decidir, no solo a calcular, la criptografía se convierte en el mecanismo que determina si esas decisiones pueden ser confiables.